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HISTORIAS DE LA VIDA REAL
Al límite de la resistencia: papá y los salvajes
Entre las cosas que hierven la imaginación de los niños, al límite del éxtasis, están las historias contadas por los abuelos y por los papis. Otra de las que la aventura nos convertía a mis hermanos y a mí en testigos de la aventura vivida por mi padre, está la de la feroz lucha con los indios, nativos y en ese entonces salvajes de la Selva Amazónica.
Los salvajes enemigos Aucas, matan a los compañeros de mi padre, los Jíbaros y Alamas.
Cuenta mi padre que un día les tocó hacer la limpia en un yucal que tenían los diez militares allá en medio de la selva en el Destacamento Militar Cononaco, seguido el Río Curaray a cuatro horas en canoa de motor, por tierra sólo entraba helicóptero, sólo y en casos de emergencia y atterrizaba en una amplia playa del río.
Papá estaba en el grupo de los ocho que harían esta tarea... Estando limpiando a plena luz, poco antes del medio día, alguien dijo haber escuchado algo raro, tan pronto se pusieron a la expectativa papá divisó indios escondidos entre los árboles, estaban rodeados y sin esperar más echó a correr en dirección a las armas, las que se encontraban a pocos metros pero en chositas humildes de troncos y pajas que les servía por campamento, porque los machetes que llevaban eran insuficientes para enfrantar a los salvajes. Pronto se dió cuenta que era imposible porque los indios le habían aventajado y se dirigió a donde pensó sería su salvación, a la radio. En su carrera hacia las otras armas y por su vida debía cruzar un gran árbol caído que estaba justo en la mitad de los otros y de los que estaban siendo asesinados. A la distancia vió que podía saltar para cruzarlo, consiguió saltar y precisamente al caer al otro lado, en su miedo no se había percatado que en medio de los ramales justo debajo del inmenso palo, había un enorme hueco apenas tapado por las ramas, en el que cayó y del que trataba desesperadamente de salir sin conseguirlo y que, al escuchar gritos de dolor y de angustia, prefirió resguardarse en ese oscuro lodoso y resbaladizo pozo.
Inmediatamente escuchó ráfagas de tiros al aire, eran sus compañeros de las otras chosas, quienes al escuchar los gritos por mejor acción tiraron al aire y con ello asustaban a los salvajes, quienes a ese rato, ya habían aniquilado a punta de lanza de pura chonta envenenada a todos los jóvenes militares limpiadores del yucal.
Aquella vez se salvaron: mi padre por ser veloz en su carrera y quizá la Providencia quiso que cayera en el hoyo, si no ¿quién nos hubiera contado esta historia?; el teniente encargado de comunicaciones que tenía la radio y el joven conscripto cocinero que estaba cocinando y que por milagro pelaba yucas semirecogido a la sombra de unas pajas.
Los indios no se habían acercado a las chositas que hacían de campamento, sino que emboscaron a los militares a campo abierto en medio del yucal. Cuenta mi padre que pronto comunicó el teniente de lo acontecido al Comando del Batallón en el Curaray y que por mayor consuelo les dijeron que "pronto les enviarían un helicóptero para sacar a los siete muertos que habían caído en la selva".
La espera se hizo eterna, ya los cuerpos tenían cuatro días y estaban hinchados y apestaban. Por respuesta del otro lado sólo les decían que "el helicóptero está dañado". Cuando a los muertos los sacaron, les llevaron al Curaray, allí los velaron hasta que llegó el helicóptero de Quito, la burocracia también se dio en esa circunstancia por lo que los muertos no podían seguir esperando así es que continuaron con su putrefacción y empezaron a deshacerse aunque ya estaban envueltos en lo que pudieron y metidos en cajas rústicas de madera de la selva.
Enviaron un joven militar de piloto, no había otra forma de entrar hasta ese lugar de la selva. Hasta el Curaray entraban avionetas, pero allí, hasta el Cononaco sólo a pie y en esta ocasión había que sacar a los muertos en helicóptero o enterrarlos allí para siempre.
Cuando el helicóptero llegó, no sólo que ya era tarde aún para los cuerpos putrefactos sino para todos, pues el desaliento por el olvido y del abandono y además del miedo por compañeros, miedo a la selva, a los salvajes y los animales... miedo al OLVIDO... (aunque hasta hoy vivimos en el olvido de nuestros gobernantes y eso que no vivimos en la selva).
Un poco tarde para todo, y el día también. El piloto venía sólo y fué a mi padre mismo que le tocó ayudar a cargar a los pestilentes muertos hasta el helicóptero, un helicóptero pequeño en el que apenas se pudo subir a cuatro muertos, los otros, debían seguir esperando... Mi padre, tras la experiencia directa con la muerte y de haberse salvado, creyó oportuno escapar del lugar y salirse en el helicóptero, pues era su única manera de salir pronto de la selva y olvidarse si la memoria le ayudaba de tan dolorosa experiencia. Salió en ese viaje creyendo librarse de tal dolor o por lo menos de ese lugar de la selva...
Cuando llegaron al cuartel del Curaray, fue a mi padre mismo a quien le dieron la orden de que ayudara a bajar los cadáveres de su compañeros. Luego los sacarían a la Shell desde donde en avión los sacarían a Quito y se distribuirían a su familias en diferentes partes del Ecuador. Pero aquella vez, dice mi padre que quienes murieron no fueron indígenas de la selva, fueron mestizos asesinados por los indios en franca rebeldía y odio por haberse vuelto amigos de sus enemigos.
En ese grupo por alguna extraña razón no habían sido enviados indios quienes quizá hubieran advertido con su fino olfato al enemigo... pues eran muy conocedores de esas tierras.
Dice mi padre que para sacarles las lanzas se necesitó empujar duramente sus cuerpos con los pies y hacer uso de toda la fuerza sobre los cuerpos de los muertos, que a los días la piel de los muertos empezaba a despegarse de sus cuerpos y que los agarraban con otras ropas para no tener que agarrarlos directamente con las manos y que lo peor de todo, había sido que, algún voluntarioso por bien hacer había regado colonia sobre los muertos para que no apestaran tanto y que el olor de la colonia mezclada con la pestilencia de cuerpos en putrefacción doblaban al mil por ciento la pestilencia. Dice que era insoportable el olor y que hasta hoy a sus años no olvida el olor de esa pestilencia y que de vez en cuando al oler cierto tipo de colonias, inmediatamente le vienen a la memoria esos trágicos momentos vividos allá en la selva ecuatorial.
Debe ser por eso que mi padre huye de los olores artificiales Y MÁS DE CIERTAS COLONIAS.
Bueno, el caso es que mi padre queriendo escapar de esa experiencia salió en el helicóptero y como ya se hacía de noche, y el piloto no conocía el lugar exacto donde debía regresar a traer a los otros muertos, por lo que le ordenaron nuevamente volver con el piloto...
Al poco tiempo de volver a salir con el helicóptero se les hizo la noche y apenas si conseguían seguir el reflejo del agua del río Curaray que les servía de faro o alguna especie de guía. Seguirían hasta encontrarse con una gran luz a la orilla del río, una llamarada de ramas quemándose y un poco de combustible serían suficientes. Esa sería la señal que ya estaban en el Campamento del Cononaco... Allí bajarían de nuevo por los otros cadáveres, pero el reflejo de la luz del helicóptero en plena oscuridad de la selva, apenas si parecía una pequeña linterna, siempre con el miedo de chocar, decidieron buscar casi a ciegas un lugar donde bajar y esperar el nuevo día. Encontraron a la vera del río un lugar amplio y allí bajaron.
En medio de la noche tenían miedo y ninguno de los dos quiso dormirse, de espaldas el uno del otro se pusieron en guardia dentro del poco espacio del helicóptero y esperaron el día. Temían tanto por los salvajes...
Mientras tanto las comunicaciones entre el pequeño Destacamento del Cononaco y el Curaray habían sido contínuas, tras tanta espera infructuosa de esa noche los dieron por perdidos pues ni llegaban al destino por los muertos ni regresaban al Curaray y ahora sólo esperarían el día para enviar una nueva nave a buscar a los perdidos caídos en la selva....
En el helicóptero esperaban con ansiedad la luz y apenas ésta se hizo levantaron el vuelo y siguiendo el río llegaron al punto buscado. Nuevamente a mi padre le tocó ayudar a cargar a los muertos y volvieron a salir, dejando en esa temerosa soledad a los dos sobrevivientes de las chosas. A los días de eso,todos, incluidos los dos salvados por no sé que fortuna, fueron sacados de allí, abandonaron ese Campamento hasta que se perdió abandonado y devorado por la selva...
Pasados los años supo mi padre que se había enviado a un batallón completo del Curaray al Orocachi, quien sabe qué aventuras más habrían de pasar los militares por resguardar tierras que no nos daban de comer.
Así terminaba una de las facetas más duras en la existencia de mi padre, quien al no tener otra forma de vida, aceptó servir al Ejército Nacional, sin sospechar obviamente que muchas serían las experiencias que marcarían su vida para siempre. Estas experiencias tan duras han transcurrido en la vida de uno de los incógnitos hombres que ha servido fielmente a la Patria mi padre Luis H. Villalba.
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