HISTORIAS DE LA VIDA REAL

En las serranías: El generoso conscripto y las zanahorias de los caballos

...y en esas mismas tierras, solíamos ir a retirar un litro de leche dos veces a la semana que tenía pagado mi padre en la hacienda del cuartel. Uno de esos tantos días en que tuvimos hambre, fuimos con mi hermano menor a donde los caballos comían encerrados en un portón, esto justo antes de volver. Por debajo de las pequeñas puertas que ahora me recuerdan a las de los bares del oeste, robábamos las pequeñas zanahorias que de alimento servían para los caballos y también saciaban la nuestra.

Mi hermanito menor me pasaba las zanahorias y yo las amarcaba inocentemente sobre mis brazos, unas caían y algunas de resistían a la caída. Ese día tomamos muchas y precisamente el momento en que nos disponíamos a abandonar el lugar, miramos asustados un par de botas andando, sin duda vestía un militar de caballería porque ese era el tipo de botas, se movían de un lugar a otro, y pronto nos sentimos descubiertos.

Un joven conscripto entre asustado y confundido nos entendió fácilmente; no terminábamos de pasar aún el bocado que a grandes mordiscos habíamos hecho a algunas de las zanahorias, nos sorprendió con las manos en la masa, pero más amigo de los niños que obedeciendo a su uniforme, nos autorizó llevarnos las que quisiéramos y que amarráramos en un saco unas cuantas más...

Tragamos el miedo en el último bocado y nos apresuramos sin pizca de vacilación a coger las zanahorias y salimos apresuradamente, dando en lugar de gracias una sonrisa y por despedida una final mirada a sus ojos y en nuestras mejillas un tinte rojizo de vergüenza y gratitud al mismo tiempo al generoso conscripto

Hoy, aunque no recuerdo el rostro de aquel joven conscripto del Ejército Nacional, aún recuerdo sus botas, las botas que vestían los de caballería, y aunque tampoco recuerdo al caballo, recuerdo la bondad de ese acto, un joven que no tenía por qué preocuparse por dos niños para él extraños, pero que fue tan generoso aunque las zanahorias no eran suyas, en todo caso eran del caballo pero él no nos las iba a prohibir, sólo las tomamos para saciar nuestra hambre.

Ahora me pregunto y si en lugar del conscripto nos hubieran encontrado otros que aunque no pertenezcan a tal especie animal, actúan como tales... negando el bocado de comida al hambriento y cobijo al necesitado.... Muchos de los cuales habitan la tierra y que ni siquiera vale compararlos con los caballos porque ofenderíamos la dignidad de los caballos...

Por el conscripto aquel, con botas de caballería y vestido de verde, amo a todos los que visten de verde, aunque algunos ya sólo visten el verde y no llevan en su corazón más que el amarillo de la fruta seca...

En nuestro humilde hogar conocimos el hambre y muchos otros niños como nosotros aún corren peor suerte, receurdo la historia de dos pequeños hermanos que por hambre fueron a comerse de un barracón, los plátanos que de maduros empezaban a pudrirse y que los dueños los vendían para que comiecen las vacas.

El dueño se había dado cuenta que le robaban los plátanos y había preparado una escopeta que se disparara cuando se moviera la pata de la silla que atrancaba la puerta... la niña abrió la puerta, quería plátanos para su hermanito y para su hambre y por comida entró a su estómago una bala, gracias a la cual ya nunca más tendría hambre...

Nosotros, al fin y al cabo fuimos y somos afortunados...

 

 

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