

HISTORIAS DE LA VIDA REAL
EN LA MOLIENDA
El trabajo de los grandes y la diversión de los pequeños.
Todos los mayores trabajaban en la molienda y los menores, no podíamos estar fuera. Trabajo duro para mis tíos y mis primos mayores, pero sin duda satisfactorio, pues ¿qué trabajo por humilde que sea y que da alimento a los hijos y a la familia no trae alegría?.
Para los más pequeños, entre ellos yo (aunque a la verdad, era intermedia, tenía mayores y también adorables primitos menores), la tarea no era tan dura, es más era tan divertida.
Lo más que los “enanos” hacíamos, según recuerdo, era pedir a los primos mayores que nos dieran “preparando” una caña. Eso quería decir que nos dieran cortando, quitando de su piel las impurezas y raíces, que nos la dieran lista para sumergirla casi por completo en la espesa miel que estaba a “punto” (de salir de ser cocida) y que sacaban presurosos los mayores de una paila gigante cuadrada de latón a otra de madera de las mismas dimensiones y luego a moldes más pequeños y redondos del tamaño de un plato tendido grande, para que al enfriarse se solidifique y se convierta en “panela”, rica y dulce panela de miel de caña, endulzada con el trabajo de hombres y de familias honestas y trabajadoras, pero vilmente explotadas. Bueno pero de esto último ya tendremos tiempo de hablar, ahora sólo estoy enganchando a mis lectores con cosas reales pero bonitas.
La abuela Romelia, era de esas mujeres generosas, de esas que lo dan todo aunque muchas veces (y esa era la preocupación de mi madre, y cuando algunos nietos lo comprendimos, especialmente mi hermana Nelly y yo) cuando llegaba la hora de la comida y como éramos tantos, terminaba de repartir y se quedaba "sin parte". Quizá éramos muchos o realmente prefería dar todo y recibir tan sólo las gracias de los hambrientos.
Su generosidad también se hacía manifiesta cuando con las cañas listas, queríamos añadir una “golosinita” a nuestra melcocha, en otras palabras, queríamos maní para echarle a la panela que a punte jaloneo, empezaba a blanquearse y a dar distinto sabor al de la panela común. ¡Qué ricas melcochas, hechas en la fábrica de la abuela.
A veces cuando la molienda terminaba, era muy divertido ver a los caballos retozar, se daban la vuelta sobre sus lomos y resultaba extraño verlos en cortísimo equilibrio sobre su punteagudo espinazo. Salían los caballos del ruedo de la molienda ( y es que en otros tiempos, los abuelos aún no tenían el motor para moler la caña) y entraba la menudencia, ¡qué algarabía!, cada quien agarraba las sogas más largas que podía y armaba su hamaca casera, lanzando hábilmente las cuerdas por sobre los pilares que sostenían el techado del ruedo, pero ¡qué hamacas unas! y ¡qué columpios otros¡, cada quien se esmeraba por hacer la mejor, y empezaba el juego por turnos, quién iba más alto y más alto, y también quién no se mareaba con las vueltas y más vueltas, hasta que las sogas de los columpios acababan haciéndose nudos.
Después ¡a comer!, si era la de medio día a veces teníamos que esperar hasta que dejen sacada "la parada" (terminada la tarea de sacar la panela y para que se solidifique en los moldes). La comida la preparaban las mujeres luego que terminaban de ayudar en las tareas de la molienda a sus maridos. Iban tarde a cocinar y a veces la merienda se nos daba adentrada la noche.
Terminada la comida de la noche, los peones gustaban de contar sus cuentos de miedo y parece que lo hacían a propósito, a sabiendas que los más pequeños temíamos a ser agarrados o descubiertos en algún momento por alguno de los personajes que en la noche salían a escena en las mentes de los cuentistas. ¡Y claro que teníamos miedo!, nos quedábamos dormidos en la banca y a veces hasta casi nos caíamos del sueño y sólo entonces nos valíamos de los primos mayores o de la tía más joven la querida tía Marlene, tan buena, tan joven, pero tan valiente, casi tenía nuestra misma edad. Por lo general ella era nuestra salvadora, nos alumbraba con el candil (porque no teníamos luz eléctrica, hasta ahora inicios del Tercer Milenio no la hay y sólo vivíamos a un Kl y medio del pueblo) y nos dejaba con nuestos miedos pero en lugar seguro: en la cama. Ella sí que era valiente y tan niña como nosotros, siempre nos acompañaba, nunca se negaba, ¿qué la hacía actuar así?, tan bella, tan dulce, tan tierna...
Mi madre nos contó, que cuando niña había tenido una hermanita que murió a los pocos años y que una tarde, la había visto recogiendo en su vestidito blanco, las flores de anonas que caían. Era la temporada en que caen las flores para dar paso a los frutos. La había visto casi transparente. Pero mi madre nos contaba la historia y decía no sentir miedo alguno, desde entonces empecé a sentir menos miedo a los fantasmas, me parecían más amigables... hasta ahora...
Por amor a la niña muerta y en su memoria, amaban a la última, nacida después: Marlene; por eso ella era con nosotros muy cariñosa.
(Tomado de "... Y contaré mi historia" de Fanny Villalba, obra inédita)
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