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EL IMPERIO DEL MIEDO Curiosa paradoja: los que un día cantaron loas al derrocamiento del muro de Berlín, hoy levantan un muro que es la exacta réplica del primero: destinado a impedir el más elemental de los derechos humanos, el de circular por más allá de fronteras artificiales. El gesto norteamericano no es otra cosa que el producto de una “sociedad del miedo” que ha surgido en los países del Norte, frente a un intenso flujo desde las sociedades del Sur, como efecto de la profunda brecha económica entre las dos regiones. El mundo soporta una desmemoria insólita: aquellos que están en el origen de los conflictos que empujan a la migración, se parapetan ahora en sus fronteras de Europa y Estados Unidos para defenderse de quienes son el efecto de esos conflictos. Aquellos que enfrentaron a unos pueblos con otros, se han convertido en supuestos mediadores; allí está un Tony Blair jugando al arbitraje en Medio Oriente, cuando fue precisamente Gran Bretaña la que creó las condiciones para la confrontación entre israelitas y palestinos. La iniciativa de México y Centroamérica puede ser el punto de partida de una reacción en cadena de los países latinoamericanos, abofeteados por la decisión del gobierno de Bush. Pero para que eso ocurra, falta construir en nuestras sociedades la comprensión de lo que encarna la emigración y el derecho de los hombres a desplazarse por el mundo. Sufrimos todavía un penoso déficit de conciencia. Cuando una patrulla norteamericana toma por asalto una embarcación con ecuatorianos en pleno océano, está violentando los derechos humanos de aquellos ecuatorianos bajo la presunción no consumada de que se trata de emigrantes clandestinos. Nosotros, callamos. Encontramos que el régimen de Estados Unidos tiene pleno derecho para irrumpir en las embarcaciones y tomar como rehenes a los ecuatorianos. Más aún, los noticieros de televisión, con la ligereza que les caracteriza, hablarán de “ilegales capturados”. El emigrante está marcado por la soledad y la “ilegalidad”. Y las dos son, a su vez, requerimientos básicos de la sociedad que los recibe. Eso es lo insólito: los empleadores de España o de California necesitan que los inmigrantes tengan esa condición irregular para que resulten funcionales a su negocio. Es necesario que sigan estando solos. Es indispensable que sean en gran medida “ilegales”. Y nosotros, le hacemos el juego a esta infame paradoja. Los consideramos por igual “ilegales”, nos parece algo normal la piratería que protagonizan las patrullas norteamericanas en un espacio que es de nadie: el mar. Para que así, indocumentados, sean mano de obra barata allá, a nombre de la ilegalidad. Tal vez, cuando aprendamos a interpretar estas realidades, nos sumaremos, como Cancillería y como Gobierno, al frente común constituido estos días en México
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